viernes, 6 de abril de 2018


Cómo echo de menos que mi huella dactilar no funcione (¿?)

Ayer llegué temprano (concepto jurídico indeterminado) a la estación de Cercanías, con 3 minutos de antelación al próximo tren, que me dejaría al lado de la oficina exactamente con el tiempo suficiente de llegar a mi primera reunión del día con cierta holgura. De pronto, cuando acerqué mi mano al bolsillo donde llevo las tarjetas, ese conocido sentimiento de hundimiento instantáneo se apoderó de mí. Allí donde debía haber un bulto cuadrado conteniendo parte de mi vida diaria (tarjeta de transporte, tarjeta para acceder a la oficina, tarjeta del cajero, tarjeta del colegio de abogados, tarjeta de salud, tarjeta de puntos de Iberia, sello del Rey Juan Carlos que desde hace años tengo que sacar para guardar en un sitio que no lo pierda, tarjeta de ¿y para qué llevo esta tarjeta aquí si hace años que no la uso?...) en fin, todo eso que resulta esencial en mi día a día y tenía que estar allí bajo mi mano, no había nada. Tras palpar un par de veces con atención, como atravesando la fase de negación que forma parte de cualquier duelo, me hice a la idea y pasé a la fase de aceptación (como veréis, premature). Sí, no estaba allí. Debo reconocer que no era un sentimiento nuevo, hace dos semanas me pasó lo mismo. Mi mente inmediatamente repasó en 3 segundos el horror de las próximas horas: si vuelvo a casa a por las tarjetas y regreso a la estación no llego a la reunión. Si vuelvo a casa y me voy directamente en coche a la oficina no llego a la reunión. Sólo me queda una opción, irme directamente a la reunión, y no pensaré demasiado, al menos de momento, en que no tengo con qué pagar el parking, y confiar en que el depósito que está marcando ya la reserva desde ayer se estire un poco y no me deje tirado en plena carretera, al menos en el trayecto de ida!

Sé lo que estás pensando, ¿no llevas nada en metálico, ni siquiera para el tren? Te respondo claramente: no, normalmente no llevo ni para un café. Acabo de decir que mi vida está en eso que no llevaba.
He dicho bien, el sentimiento no era nuevo. Pero esta vez, por algún motivo, me enfadé. Fase de ira, que me había saltado antes (no siempre las fases del duelo se presentan ordenadas, pero sí hay que pasarlas todas). Me enfadé enormemente. Y me enfadé por no tener un acceso a mi cuenta bancaria vinculado a mi huella dactilar. ¿Por qué? ¿Por qué no tengo activada mi huella dactilar para acceder al tren de Cercanías? ¿Por qué no puedo pagar un mísero billete de tren con mi huella dactilar? ¿Por qué no puedo llegar a la gasolinera y llenar el depósito y simplemente irme porque mi huella ha pagado automáticamente mientras sujetaba el surtidor con la mano? ¿Por qué no tengo una tarjeta de acceso al parking en mi dedo, y el acceso a la oficina también? ¿Por qué no tengo la tarjeta de puntos del supermercado asociada a mi huella dactilar?

Bueno, reconozco que mi enfado comenzaba a rozar extremos que no podía controlar (¿dónde pondría el sello de Juan Carlos si tuviera la huella dactilar activada?), pero mi yo más profundo tomó una determinación. No escatimaré en esfuerzos hasta conseguir recuperar el funcionamiento de mi huella dactilar. Bueno, hasta conseguir que funcione algún día, pero me sentía como si hubiera funcionado siempre y se me hubiera desactivado.
Cuando me calmé y entré en razón, en la fase definitiva de negociación (desordenada, lo sé), me prometí a mí mismo no volver a dejarme el tarjetero en casa.

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